martes, 31 de agosto de 2010

El informe de todos tan temido


Pertenezco a una de esas generaciones a las que nos tocó padecer aquellos informes presidenciales pantagruélicos, elefantiásicos, exuberantes, monstruosos. Era la época del esplendor burocrático del Partido Revolucionario Institucional, una era en la cual la figura del Señor Presidente era omnímoda, omnipresente y omnipotente. En ese entonces, los informes duraban varias horas y se transmitían en cadena nacional por todos los canales de radio y televisión. Eran ceremonias horriblemente solemnes, acartonadísimas, a las que asistían, sin faltar uno solo, los integrantes de una disciplinada clase política, en la que la oposición resultaba prácticamente decorativa. Al final, ya en Palacio Nacional, los políticos formaban largas filas para saludar y felicitar al primer mandatario en turno, en lo que se conocía con el vergonzoso mote de “El besamanos”. En fin, son tiempos que hoy nos parecen tan remotos como la Era Mesozoica y de los cuales, sin embargo, nos separan apenas unas cuantas décadas.
Vendría luego un cambio de calidad respecto a los informes, cuando la figura presidencial empezó a disminuir en su absolutismo y los partidos de oposición ganaron poder dentro del poder legislativo. Fue Porfirio Muñoz Ledo el primer diputado que encaró a un presidente de la república, al interpelar a Miguel de la Madrid Hurtado, durante el informe de 1988. Luego las interpelaciones se convertirían en franco relajo, en tomas de tribuna, en kermeses de pena ajena, hasta llegar al punto actual, en el que el presidente ya ni siquiera acude al Palacio Legislativo, sino que envía el informe por escrito. Lo que podría ser (en un país con una clase política civilizada) una oportunidad inmejorable para que los poderes ejecutivo y legislativo debatieran con respeto, inteligencia e ideas, hoy día es un mero trámite oscuro y que a muy pocos interesa en verdad.
Respecto al informe presidencial de este año, basta con ver los spots que inundan a la televisión para darnos cuenta de que uno es el México de la publicidad gubernamental y muy otro el de la realidad real, la que todos vivimos en carne propia. Mientras que para el presidente Calderón estamos en algo así como el mejor de los mundos posibles, en una especie de país de las maravillas, para el resto de los mexicanos es todo lo contrario. Con la violencia de las balas que se enseñorea cada vez más, con cerca de treinta mil muertos producto de una narcoguerra que tiende a extenderse, con un crecimiento del empleo que sólo parece existir en las estadísticas oficiales, con una incertidumbre que no desaparece, el informe presidencial del 1 de septiembre de 2010 luce como un documento vacío, deprimente, surrealista… y lo peor es que aún nos faltan dos informes más con este gobierno.

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