miércoles, 17 de septiembre de 2008

París, día 9 (De Richard Avedon a una cena nefasta)


Por la mañana fuimos al Centro George Pompidou, con el fin de regresar el teléfono chino que compró Paulina ayer. No hubo problema. De ahí al metro Tulleries para acudir a la galeria Jeu de Paume y ver la expo del fotógrafo neoyorquino Richard Avedon. Un portento. Si la exposición de Annie Leibovitz resultó espléndida, la de su maestro Avedon es una cosa impresionante. Desde las fotos de Marilyn Monroe, Charles Chaplin, los Beatles y Andy Warhol y su troupe de The Factory, hasta las que hizo a gente anónima del Medio Oeste estadounidense (las imágenes de los mineros son estrujantes), todas (incluidas las de las modelos de Harper's y otras revistas de modas) resultan fantásticas. Una muestra que valió muchísimo la pena visitar (ya la había yo programado desde que estaba en México). Salimos y caminamos hasta la Place de la Concorde para de ahí tomar los Champs Élysées y recorrerlos hasta el Arco del Triunfo. Hicimos algunas compras. Cansados, regresamos al hotel para tomar una siesta. Ya en la noche, acudimos a la trattoria cercana al hotel, la misma donde habíamos tenido aquella velada celestial el tercer día de nuestra estancia en París. La magia no se repitió. Por el contrario, resultó una cena nefasta. Para empezar, nos tocó una mesa en un rincón (mal signo) y lejos de la mayoría de los comensales que llenaban el lugar. Luego hubo un detalle nimio que a Paulina le pareció irritante. Trataba ella de explicarle algo en inglés a la guapísima mesera y se me ocurrió intervenir para explicarlo en francés, lo que bastó para que mi compañera -es un decir- de viaje enfureciera y me reclamara mi intromisión. Aquello fue suficiente para que me soltara una andanada de reclamos que llegaron al insulto disfrazado pero clarísimo. Obvio: la cena se echó a perder y fue muy poco disfrutable (y eso que la pizza estaba riquísima). Regresamos al hotel en silencio. La mala vibra podía tocarse.

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